El deporte del pueblo, ahora en subasta

8–13 minutos

Large modern football stadium with illuminated digital screens and nearby high-rise buildings at dusk

Segunda entrega. La FIFA ya no se conforma con cobrarnos la entrada: ahora quiere vender la casa.

Hace unas semanas cerré un texto en estas mismas páginas con una frase que, lo confieso, escribí más como deseo que como certeza: “Este Mundial nos abrió los ojos. Ahora nos toca actuar.” No imaginé que la FIFA me daría la razón tan pronto, ni de manera tan burda. Apenas terminó el Mundial 2026 —España campeona, un 1-0 a Argentina en Nueva Jersey con gol de Ferran Torres en la prórroga, Lamine Yamal levantando la copa a los diecinueve años mientras Messi se despedía a los treinta y nueve— y, antes de que se enfriara el césped, la organización que gobierna el fútbol mundial anunció su jugada más audaz: poner en venta una parte del Mundial mismo.

No el acceso. No los boletos. No los derechos de transmisión, que eso ya nos lo cobra hace décadas. El Mundial. La competencia. El patrimonio.

Ahora sí, el Mundial mismo

El 28 de julio, la FIFA confirmó lo que The Times de Londres había filtrado un día antes: la creación de una nueva entidad, FIFA Forward Enterprises, que absorbería las operaciones comerciales de sus torneos —el Mundial, el Mundial de Clubes—, y la intención de vender hasta un 21% de esa empresa a inversionistas privados para levantar 4.200 millones de dólares. La FIFA seguiría siendo, en el papel, el órgano rector sin fines de lucro del fútbol; conservaría la mayoría. Pero por primera vez en la historia, un pedazo de la Copa del Mundo tendría dueños que no juegan, no entrenan, no alientan: invierten.

Aquí conviene detenerse, porque el diablo, como siempre, está en el cómo.

El Compliance no se gobierna con manuales, sino con conducta

Mi trabajo esta enfocado en ayudar a organizaciones a construir sistemas de integridad: códigos de conducta, canales de denuncia, matrices de riesgo, capacitaciones. Y hay una lección que repito hasta el cansancio a mis clientes: un Código de Conducta no vale por el papel en que está impreso. Vale por el ejemplo de quien lo firma. La cultura de una organización no la define su manual; la define lo que hace su liderazgo cuando cree que nadie lo mira —o, peor, cuando ya dejó de importarle que lo miren.

La FIFA acaba de darnos una demostración, de manual, de cómo se destruye una cultura de integridad desde arriba.

Fíjense en el método. Una decisión de esta magnitud —vender participación en el activo más valioso del deporte más popular del planeta— se gestó en secreto, sin consultar a las 211 asociaciones que, en teoría, son las dueñas del fútbol. No se enteraron en una reunión ni en un documento de trabajo: se enteraron por la prensa. Y una vez pública, la FIFA no la sometió a debate: la sometió a ultimátum. Las asociaciones tienen hasta el 19 de septiembre para aprobar el paquete. El mensaje, apenas velado, es que un voto para rechazar los 10.000 millones de dólares en desarrollo que promete el nuevo modelo es un voto para quedarse con los 2.700 millones del status quo. Aprueben, o pierdan.

Eso, en mi oficio, tiene nombre: coerción. La UEFA lo dijo con todas sus letras y sin el eufemismo que yo tendría que usar frente a un cliente. No es una decisión democrática, sentenció: es gobernanza por intimidación, un acto de coerción impropio de una institución a la que se le confió la custodia del juego global.

Piénsenlo bien. Estamos ante una asociación que ejerce coerción sobre sus propios asociados. La entidad que debería servir al fútbol amenaza a quienes lo integran para arrancarles un sí. ¿De qué sirve, entonces, que la FIFA tenga un comité de ética, un código de conducta, una política de derechos humanos, si su máximo liderazgo opera exactamente al revés de lo que esos documentos predican? De nada. De absolutamente nada. Y esa es la lección incómoda para todos los que trabajamos en integridad: el mejor programa de Compliance del mundo es papel mojado si el ejemplo viene podrido desde la cima. La integridad no se decreta en un manual. Se demuestra con conducta. Y el liderazgo, o predica con el ejemplo, o no predica nada.

Un inversionista con apellido conocido

Hay, además, un pasajero incómodo en esta operación. El grupo inversor que la encabeza está liderado por Josh Kushner y su firma, Thrive. Y conviene ser precisos, porque la precisión es justamente lo que vuelve el argumento inatacable: Josh Kushner no es el yerno de Donald Trump. Es el hermano de Jared Kushner —ese sí, yerno del presidente, casado con Ivanka— y, por tanto, cuñado de la propia Ivanka. Su padre, Charles Kushner, es el embajador de Trump en Francia y Mónaco.

No hace falta exagerar el parentesco para ver el problema. Recordemos que apenas en diciembre pasado la FIFA entregó a Trump un inédito “Premio de la Paz”: un galardón sin jurado, sin nominados, sin criterios, creado y otorgado en cuestión de semanas. Ahora, meses después, la familia política de ese mismo presidente aparece a la cabeza del grupo que compraría una tajada del Mundial. Uno puede creer, como sostienen los interesados, que Josh Kushner es del todo independiente de la administración Trump. Puede ser. Pero el Compliance no se ocupa de si el conflicto se materializa: se ocupa de gestionar la apariencia del conflicto antes de que envenene la confianza. Y aquí la apariencia es un festival. Cualquier oficial de cumplimiento que abriera este expediente —premio político, cercanía cultivada, familia del inversor— pondría el sello rojo sin llegar a la segunda página. Lo dije en el texto anterior y lo sostengo: si esto no es conflicto de interés institucionalizado, habrá que reescribir los manuales.

Europa dijo que no

Frente a todo esto, por primera vez en mucho tiempo, alguien dijo que no. Y no cualquiera: la UEFA, la confederación europea, con sus 55 federaciones, acordó boicotear cualquier competencia de la FIFA mientras la propuesta siga viva. Ninguna selección europea jugaría torneo alguno de la FIFA hasta que el plan se abandone por completo y se den garantías vinculantes de que jamás se volverá a abrir la gobernanza del fútbol a la propiedad privada.

El comunicado de la UEFA merece leerse despacio, porque dice algo que un abogado de gobernanza reconoce de inmediato. La Copa del Mundo no puede tratarse como un producto de inversión, escribieron; nadie tiene la autoridad moral para vender lo que solo tiene en custodia para la próxima generación. Esa palabra —custodia— es la palabra exacta. La FIFA no es dueña del fútbol. Es fiduciaria. Administra un patrimonio que no le pertenece, que construyeron generaciones de jugadores, aficionados y comunidades enteras. Un fiduciario que vende el bien que se le confió no está haciendo negocios: está traicionando el encargo.

Y queda la pregunta que nadie en Zúrich quiere responder: ¿para qué? La FIFA acaba de celebrar el Mundial más lucrativo de la historia y está sentada sobre miles de millones en reservas, bonos e inversiones. No necesita el dinero. Entonces, ¿por qué vender? La respuesta más honesta es la que no aparece en ningún comunicado: porque puede, porque el hierro está caliente, y porque cada nueva ronda de “más y más dinero” compra lealtades entre las asociaciones que, en un sistema de un país–un voto, son las que lo mantienen en el poder. No es un problema de caja. Es un modelo de captura.

Cuando la desconfianza se derrama al campo

Permítanme cambiar de cancha, porque hay otro frente donde este Mundial dejó una herida. A lo largo del torneo se instaló, entre rivales y aficionados, una percepción persistente: que Argentina —campeona vigente, con Messi de protagonista— recibía un trato arbitral demasiado benévolo en su camino a la final. No lo afirmo como hecho probado, y es importante decirlo con claridad: ninguna federación logró demostrar manipulación, y el reglamento de la FIFA blinda las decisiones de campo declarándolas inapelables. Pero la percepción existió, fue ruidosa y tuvo con qué alimentarse.

Argelia presentó una queja formal. Egipto, eliminado en octavos tras un gol anulado y reclamos de penal, acusó abiertamente que la competencia estaba amañada para mantener a Messi con vida. Suiza vio a su delantero expulsado minutos después de empatar. Y hay un dato que, más allá de cada jugada discutible, da de qué hablar: Argentina acumuló ocho penales a favor en sus últimos doce partidos de Copa del Mundo, la cifra más alta de cualquier selección en un tramo de doce partidos en toda la historia del torneo. Hasta un defensa español, Aymeric Laporte, rompió el protocolo para decir en voz alta lo que muchos murmuraban: que se le dejaba pasar a Argentina lo que a otros no.

No se trata de restarle mérito a nadie. Se trata de reconocer que, cuando una institución ya perdió la confianza del público en su gobernanza —premios a modo, jets privados, ventas a la sombra—, esa desconfianza se derrama sobre todo lo que toca, incluido lo que ocurre en el césped. La integridad no es divisible. Una FIFA de la que se sospecha en las oficinas es una FIFA de la que se sospechará también frente al VAR. Ese es el costo real de la corrupción: no solo el dinero robado, sino la duda permanente que contamina hasta lo legítimo.

España nos salvó. Un 1-0 en la prórroga puso el trofeo del lado de quien, por estilo y por camino, la mayoría del planeta sentía como el ganador justo, y le ahorró a la FIFA un escándalo mayor. La ironía es deliciosa: el próximo Mundial, el del centenario en 2030, se jugará precisamente en España, Portugal y Marruecos. La casa del campeón. Ya veremos con qué historias llegamos hasta allá.

El fútbol no está en venta

Cierro como cerré la vez pasada, porque la conclusión no ha cambiado; solo se ha vuelto más urgente.

El fútbol no está en venta. No porque la FIFA no quiera venderlo —lo quiere, y lo intentará mientras el hierro siga caliente—, sino porque no es suyo para venderlo. Es de la gente que lo llena de sentido cada fin de semana en una cancha de tierra; de los que cantan el himno frente a una pantalla en el Zócalo porque el boleto del estadio costaba tres años de salario para muchos. Esa propiedad no cabe en una hoja de cálculo ni se transfiere con la firma de un fondo de inversión.

Pero cuidado: no se defiende sola. La UEFA abrió una puerta; nos toca cruzarla. Y aquí hablo como aficionado, como ciudadano y como profesional de la integridad. La decisión no la toman Infantino ni Kushner: la toman las 211 asociaciones. La mía, la tuya, la federación de tu país. Son ellas las que votan el 19 de septiembre, y son ellas las que responden ante nuestra demanda de futbol cada semana. Exigirles cuentas —preguntarles públicamente cómo votarán, recordarles que las miramos— no es activismo ingenuo: es la única palanca real que tenemos en un sistema diseñado para que no la usemos.

Este texto tiene una fecha de caducidad corta. Todo se decide en las próximas semanas. Si en agosto la presión crece y el plan se cae, tendremos un tercer capítulo que contar, uno esperanzador. Si se aprueba en septiembre, tendremos que escribir la crónica de cómo el deporte del pueblo terminó cotizando en bolsa. Sea cual sea el desenlace, lo escribiremos. Y seguiremos recordando, contra toda la maquinaria que insiste en lo contrario, que el fútbol fue, es y será nuestro.

Continuará —esperemos que sea con buenas noticias.

Luis Cuevas

Luis cuenta con una sólida trayectoria internacional en cumplimiento, ética corporativa y sostenibilidad, con experiencia en Suiza, Estados Unidos, Panamá y Reino Unido. Ha ocupado posiciones globales en las industrias farmacéutica y de consumo, destacando por su visión estratégica. Fundador de Rethical y Brain Tonic, es reconocido por su capacidad para identificar riesgos complejos y diseñar soluciones, posicionándose como un aliado clave para organizaciones que buscan operar con integridad y sostenibilidad.

Práctica: ESG. Derecho Ambiental. Ética y Compliance. Fintech & LegalTech. Life Sciences. Derecho Regulatorio.

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